Diary II

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#paleyale

Has borrado las dos primeras semanas aquí, la primera casa. Han pasado a una capa más profunda de la memoria. Eso significa que te has acostumbrado, que el espacio más cercano te mantiene suficientemente tranquila, que son ya varias semanas de rutinas amables salpicadas de algún viaje a Nueva York. El trabajo avanza, aunque te das cuenta de que los proyectos y las ideas se desbocan en ramificaciones que ahora tienes que parar. Al no permitírtelas, las deseas más. Eso afecta a tu concentración y te obligas a parar, te amonestas. Entonces retomas tus lecturas o la escritura de la tesis con más ímpetu y sientes que en unas horas avanzas las palabras que en otras ocasiones no se presentan en varios días. Queda la mitad del tiempo y aunque sabes que eso es objetivamente mucho menos pesado, cuesta abajo, hacia un fin claro, te conoces y también conoces el mecanismo de significados que se te adhiere a la carne. Eres impaciencia. Has aprendido a dominarla y así a dominarte, pero hay un precio: en el centro del estómago un  miedo frío, una sensación de asfixia, la pesadez de la casa, del aire, de las hojas que pisas sobre el suelo y que son tantas que te impiden notar el asfalto. Querrías dejarte ir en el tiempo pero al intentar no pesarlo poso a poso lo que haces es tragártelo, hacer que espese el aire que respiras. Leíste una novela cuando eras niña, en el colegio. No recuerdas el título, si era famosa, quién la escribió. En un mundo de ciencia ficción, los humanos vivían sometidos por la presión del aire. No recuerdas tampoco si había una atmósfera especial o si algún mecanismo físico forzaba esa sensación de ahogo. La memoria te hace pensar en ambas cosas pero quizás estés cruzando relatos. Recuerdas que te gustó pero también sabes que esa imagen quedó prendada como una de las pocas pesadillas recurrentes que tienes. Sentir que te has olvidado de respirar, que no puedes hacerlo. Despertarte con la punzada en el pulmón porque a veces parece que el cuerpo lo hace, que el cuerpo inducido por tu sueño detiene tu respiración. Sabes que no es así. Eso deseas. Es complejo explicar la sensación ambigua que te provoca esta estancia pero en todo caso es cuestión del momento. Es cuestión de la obligatoriedad. Es cuestión del falso balance cuantitativo del sistema de ciencia. Se da la coincidencia de que esta universidad y tu supervisora son exactamente lo que necesitas. De hecho has venido por la segunda, no por el nombre relumbroso de la primera. Porque si ella hubiera estado en una universidad pública de Missouri, habrías intentado ir allí. Problema: es más difícil que te financien algo fuera de ránking. Podrías haber venido aquí con una firma que te resultara indiferente y a efectos prácticos curriculares eso contaría más que trabajar en serio en Missouri si es que ése hubiese sido el centro de trabajo de tu supervisora. Entonces estás enfadada y sientes que todo el ejercicio profesional de hacer tu trabajo, tu investigación, cumplir con la responsabilidad de un sueldo que sale de los impuestos, te resulta a veces insoportable porque el sistema en el que se inserta es mezquino, ignorante y, sobre todo, despilfarrador: no garantiza que devuelvas conocimiento alguno a la estructura educativa que te ha formado. Antes te acechaba el miedo al después de este período. Ahora te da igual porque vuelves a confiar en ti misma. Pero eso no minimiza la sensación de enclaustramiento que te provocan la ciudad y sus modos universitarios. Y está bien. Escribes. Cumples objetivos, das forma a proyectos. Sobre el papel repasas y revisas los versos más tuyos, esos que durante estos últimos meses sólo has sido capaz de apuntar. Hace ahora exactamente un año, pasabas la primera noche en tu apartamento de Oviedo. Temías el temor y el insomnio pero dormiste como nunca y aprendiste que puedes descansar aunque en el espacio no se hallen quienes amas. Esa casa ya fue. Cumplió su labor de cueva de la que empezaste a salir desnuda y sola para poder vestirte del mundo, de las elecciones que ahora esta tú que se quiere y se conoce más a fondo puede hacer. Cuando te agobia esta casa por otro lado preciosa y confortable que quizás es lo más cerca que estés nunca de vivir en un catálogo de ikea (tamaño enorme, ambientes diáfanos) piensas en que al regreso, avión mediante, al regreso tienes que buscar una cueva nueva pero distinta. Una que ya no tenga la provisionalidad sanatoria de la anterior. Una que diga de ti y diga sin un punto y aparte. Eso te sostiene en parte, te dejas volar en esa fabulación que podría ser cruel. Igual que el tiempo que ahora se supone más veloz a ti se te espesa en la sangre, el ejercicio de anticipar imaginatoriamente el espacio que quieres, sus pequeños detalles, tus libros, eso que podría ser cruel en otro caso te alimenta. Podría preocuparte proyectar y no vivir el presente. Aquí no. En este estado de sitio no. Aquí las horas son largas porque madrugas, te acuestas temprano, trabajas muchos minutos al día. A última hora, antes de dormir, junto con las palabras de buenas noches que sostienes con el cuerpo, piensas que quieres pintar de negro una pared, fabricar tus propias lámparas. Piensas que los platos habrán de ser blancos y pesados, el sofá confortable. Piensas que quieres una mesa que llenar de palabras amadas y un despacho en el que te permitas el caos. Piensas que te equivocaste en un verso, los espacios no se habitan pensándoles futuros, eso que escribiste… pensándoles presentes, así se habitan los espacios, haciendo en ellos presente o haciéndolos presentes en esta etapa sitiada. Se habitan así anhelando hacerlos propios con absoluta conciencia de su materialidad, de cómo habrá de entrar a ellos un cuerpo nuevamente amado: que otra vez amas, que permites amar.

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