On analogy (Felicidades, Papá)

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#paleyale

Hay un poema de Laura Casielles en Los idiomas comunes que ha sido plagiado hasta la saciedad. Diría que es el primero de la serie “Descentralizaciones”, pero hablo de memoria. Bueno, matizo el “plagiado”: ha resultado inspirador para muchas otras personas que han descubierto lo interesante que es hacer comparaciones de hechos históricos, personajes relevantes, lo de aquí y lo de allí, siempre en una clave de otredad y de puesta en valor de lo diferente (asuntos últimos en los que radica la cansinidad de repetir estructura e intención). Junto con los poemas donde la poeta se pregunta por palabras en otras lenguas (que en su obra son un guiño frontal a una de nuestras maestras, la grandísima Berta Piñán), el asunto de “Si son anécdotas, todas son anécdotas. / Si son hechos importantes, todos ellos son hechos importantes” ha sido un recurso que Laura tuvo el acierto de emplear en su libro y al que no se le ha dejado de sacar partido. Hago esta introducción porque tenía muchas ganas de hacerla y porque sitúa las coordenadas literarias en las que se mueve lo que sigue:

En abril de 1931, se inauguraba la Sterling Memorial Library. Se construyó con la forma de una catedral, con ropajes góticos. Cada una de sus superficies se labró, talló, grabó o pintó con referencias para honrar a la Sabiduría, imagen que preside lo que en un lugar de culto sería el altar y aquí da paso a las salas de lectura y los depósitos más allá de los espacios generales de la planta. En abril de 1931 en España unas elecciones municipales cambiaban el curso de la historia. Mi bisabuela, al igual que el resto de españolas, no pudo votar entonces.

La Sterling Memorial Library no tuvo una construcción inmediata. El continuo goteo de mejoras se sucede con las reformas generales que en época más temprana garantizaron la conservación del monstruo que cada mañana me acoge. Uno de los pasillos, el que da al claustro al que salgo a comerme el sándwich y a pensar, está repleto de paneles que explican la historia del edificio. En los primeros años, los hechos se suceden así que sería fácil escoger qué ocurría en este sitio cuando en 1933 mi bisabuela sí podía ya votar, aunque no sé si lo hizo. O qué ocurría en 1936 cuando mi bisabuela podía ya votar y desde luego que lo hizo y lo tuvo a gala y así, luego, le tocó padecer (te desvías: cada vez que en este tiempo alguien se refiere a la protesta social en España como amenaza de un nuevo “frente popular”, de manera despectiva, sientes unas ganas irrefrenables de gritar, de golpear y de que algún día en este trozo de tierra se apague la ignorancia).

Los paneles con la historia de la Sterling Memorial Library me llaman como lo hacen esas webs que te cuentan todos los sucesos de un día en la historia, los nacimientos y muertes. El edificio me llama en su desmesura porque mientras lo levantaban, hermoso y enorme, tantas cosas sucedían en cualquier otro lugar del mundo, en mi mundo, mi familia, mi saga, que cruzar sus portones de madera me hace cada día sentir pequeña, extraña, protagonista de una historia a la que me cuesta, en el hilo de la memoria y de sus luchas, darle verosimilitud. Porque a la bisabuela le tocó pagar y luego, casi hasta la generación que comparto con mi hermana y mis primas casi nada fue sencillo.

A las paredes de la Sterling Memorial Library podría contarles que no es que yo mantenga a estas alturas el respeto reverencial que sentía (y me inculcaron) por la universidad cuando puse un pie en ella hace ahora 10 años. Digamos que una carrera, dos másteres, trabajar y ahora investigar en ella desmitifica y distingue, eso desde luego, lo que realmente  la institución tiene de excepcional. Lo último es menor que lo que no está a la altura del símbolo. Yale es un símbolo si lo comparo con la casa en la que creció mi padre. Así que con las paredes de su biblioteca estrella me relaciono todos los días de una manera peculiar. A veces siento que ellas esperan que doble la cerviz, que dé las gracias. Pero de ese modus vivendi me desapunté al dejar Madrid, al entender que responsabilidad y respeto jamás debían significar servilismo.

No significa esto que no esté agradecida, cómo no estarlo.  A cada persona que paga impuestos, que sostiene becas. Sólo es que el símbolo, como casi todo en esta tierra, en algunos minutos parece cierto y la mayor parte de las horas se derrumba como lo haría el cartón bajo la lluvia. El símbolo me pesa porque, en realidad, está metiendo el dedo en una herida que, normalmente, no solemos sentir: la que se abre en el cruce entre la clase y los orígenes cuando al andar del tiempo y de las generaciones de la miseria se llega a la universidad. La primera es real, la segunda un símbolo; pero en todo el trayecto de los actos de otras personas que conducen a que yo me mueva en el símbolo y no en la realidad, los significados se van cargando de los mismos sentidos complejos que evocan los muros de la Sterling Memorial. Se van cargando de responsabilidad.

Entre otras razones, por eso este viaje es difícil: lo que soy y hago no tiene que ver sólo conmigo o no me lo debo sólo a mí. Hay una responsabilidad que se prolonga lejos en la memoria y que me acompaña también desde que salí de la educación secundaria y mis aptitudes me permitieron acceder, por la vía del esfuerzo y del mérito, a becas, cursos, lugares y ocasiones como esta de Yale. Y cuando por otro lado una siente que la investigación no sale como debe, que la cosa no avanza, que para nada tiene sentido obtener un título de doctora y luego acabar reinventándome en otro oficio… cuando pesa la distancia de casa, la distancia del corazón, cuando todo eso, me viene a la mente un consejo certero recibido hace pocos días: “te jodes”. Es lo que te toca. Te toca cargar con tus vivos y tus muertos y has de estar a la altura, sin dramatismos, sin parálisis.

Así que paseo los paneles con los datos de construcción de cada pequeño detalle de la Sterling Memorial Library y me abandono a la sensación de irrealidad para empezar a pensar, todavía entre brumas, que de algún modo ésta también es mi realidad y quizás mi conflicto con ella no es tanto orgullo de clase como complejo de clase. La autoestima, hacerse valer por los méritos propios, ocupar un espacio como si siempre hubieras tenido derecho a hacerlo, es algo que algunas personas que hemos andado el camino de la miseria-realidad a la universidad-símbolo a lo largo de cuatro generaciones no llevamos en los genes y debemos, poco a poco, aprender (con el consiguiente riesgo, claro, de volverte imbécil por el camino, de devenir snob, de no aceptar, en el fondo, esa herida de origen, de no aprender a llevarla).

En unas horas regreso a Mansfield, al campo. Hoy imparto lo que técnicamente será mi primera clase universitaria. Hoy Papá cumple 55 años. Estar hoy lejos de casa me pesa lo que pesa cada piedra de mi biblioteca-catedral.

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