Pioneer?

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#paleyale

Querida Lydia, leo tu mensaje en facebook y pienso que la respuesta que puedo darte merece algo más de espacio, una carta extensa. El azar de las redes sociales nos devulelve un contacto breve diez años después. En tu caso, me escribes desde Berlín, donde llevas la mayor parte de ese tiempo. Eso me hace pensar que te fuiste probablemente siguiendo un sueño, una decisión personal, cuando todavía la palabra crisis no era motor de las razones de vida y viaje. Ayer tuve ocasión de dar una clase en la universidad pública del estado. Pude escoger el tema y decidí hablar de poesía contemporánea en España, trazar algunos hilos que compartir con estudiantes de último curso de grado dentro de una asignatura que curiosamente se organiza en torno al concepto de crisis de la Modernidad en la literatura española. Han recorrido todo el siglo XX y se encuentran ahora en lo contemporáneo. Para situar los poemas que llevaba, lo que quería compartirles sobre el hecho poético, traté de explicar que el país vive ahora un conflicto, renacido recientemente pero larvado desde hace décadas, que ha puesto a la generación más joven (y mejor preparada, que no se nos olvide) ante la contradicción entre discurso y expectativa. Educadas en la idea de que por su esfuerzo en el estudio y por su mérito habría de comerse el mundo, para muchas personas ese relato se concreta hoy en acostumbrarse a supermercados con productos que no son los de casa. Quería contarles a esas alumnas que la poesía no es que desde ese estallido (un 15M, lo que ha sucedido desde entonces) haya tomado conciencia, sino que lleva siendo y es y así ha de ser una herramienta de conciencia que hoy tiene que tomar un brillo especial, hoy tiene que defender sus posiciones: emplear el lenguaje para decir con verdad, para descubrir significados nuevos, para acusar los falsos, para no permitir que nos entrampen las palabras y las ideas en lenguajes que nos envuelven en desesperación. Recuperamos el contacto casualmente a través de facebook y yo recuerdo dónde nos conocimos: un curso preuniversitario para criaturas que salíamos con muy buenas notas del Bachillerato y en el que nos dijeron que iban a mostrarnos distintas facetas de la ciencia y el pensamiento, un aperitivo de lo que nos esperaba en la universidad y en la vida. Esa experiencia que en distintos grados nos marcaría (para mí es central porque allí conocí a una de las personas sin las que hoy no concibo mi vida) y que en todo caso, rastreando trayectorias posteriores, permite observar a una generación de gentes que mal que bien está haciendo su camino con dedicación, desde ese esfuerzo de la inteligencia que ya habían demostrado al llegar allí. No sé dónde está toda la gente del Aula, pero de la que conozco alguna pista desde luego no ha desmentido las esperanzas depositadas. Sólo que no estoy tan segura de que éstas hayan revertido en modo alguno en el propio país o vayan a hacerlo en el futuro inmediato. Me dices que últimamente notas que mucha gente se lanza a los Estados Unidos desde áreas de investigación y me preguntas si efectivamente es esta esa tierra prometida que puede ofrecer trabajo y oportunidades a quien aquí se arrime. Y pienso que no es fácil darte una respuesta. En mi caso soy turista de lujo y de excepción: mi estancia es prefijada y breve, tres meses de trabajo en mi tesis tras los que vuelvo a mi universidad y sigo mi contrato por dos años y pico más, investigando y con clases. Y me he venido aquí por la persona que supervisa mi trabajo en Yale University, que es experta en mi área y que aceptó acogerme. Además, claro, me encuentro en un sitio con recursos (bibliotecas, archivos) envidiables. Los medios para la investigación existen, aunque en el área de Humanidades ya no es como antes, aquí la crisis también se nota: antes raramente era difícil encontrar trabajo en una universidad por pequeña que fuera, ahora hasta las universidades estatales de peor calificación en el ránking pueden permitirse escoger profesorado. Antes era difícil que, en estudios de literatura española, hubiese estudiantes nativos que optasen a las interesantes becas de doctorado de las universidades; ahora lo raro es que no haya varios y alguno se quede fuera. Es decir, que probablemente en mi campo esto fuera un buen sitio al que venir a trabajar hasta hace cinco o seis años. Ahora, no siendo imposible, es igualmente competitivo. Tal vez en el mundo de la empresa o en las ramas de ciencias que requieren más de laboratorios que de bibliotecas la cosa siga siendo fácil, pero en todo caso la idea de tierra de oportunidades y promisión a mí se me hace compleja. ¿Qué promete esta tierra? ¿Qué puede ofrecer aunque obtengas un buen puesto? Desde luego si sólo te importa el trabajo, si eso es central y no te importa construir desde cero con instrucciones y piezas totalmente distintas a las de tu cultura, estoy casi convencida de que Estados Unidos es un buen lugar para un inmigrante cualificado, que pueda incorporarse a esta sociedad con un nivel de vida, en una capa social, que vive muy por encima de la media de su población y que en ese sentido falsea un poco la realidad material generalizable. Como en todos los sitios, vaya, sólo que aquí el sistema es despiadado y esa diferencia entre burbuja y ras de tierra no se oculta al diferenciarse en los espacios de las ciudades, en el tipo de supermercados o productos que alberga cada zona económico-geográfica, aunque sea en cuestión de pocos metros. Me parece muy valiente la gente que se coge la maleta y no duda. Desde que estoy aquí pienso mucho en ello (en lo histórico y en el hoy) y como de este viaje una de mis conclusiones principales es que yo no quiero vivir aquí, no deja de admirarme la capacidad de adaptación del ser humano cuando se empeña en algo. Supongo que si construyes tu familia, si estableces lazos, deje de importar cualquier noción romántica o tópica o emocionalmente falsa de pertenencia e identidad. Para mí casa es donde están quienes amo. Desde ahí, la idea de viaje o de tierra prometida se complica. Nos educaron para ser móviles, para que nos pareciera sinónimo de éxito andar de aquí para allí sin arraigarnos y nos lo creímos. Por eso ahora duele el engaño y duele más cuando caes en la cuenta: cuando ves que ese discurso de modernidad obedece a necesidades de mercado, obedece a que el mercado nos quiere sin afectos o lazos, sin pertenencias, para poder intercambiarnos. No soy la mejor persona para hablar objetivamente de todo esto porque pensarlo, vivirlo desde aquí, vivir esta experiencia por un tiempo breve, me tiene ligeramente enfadada en la confrotación de discurso, expectativa y realidad. Para que te hagas una idea, si todo va bien en 2017 leeré mi tesis doctoral y ahí se acabará mi relación con la universidad española porque no hay ahora mismo ningún viso de que se reponga profesorado, de que se contrate. Una beca excelente, tantas becas tantos otros años anteriores, para al final tener que reinventarme. Ha dejado de dolerme. Sé que antes me voy a reinventar que abrazar el discurso de que el trabajo ha de ser la clave a través de la cual se concreten éxito e identidad. En el último libro de Laura Casielles hay un apéndice final en el que cuenta la historia desde el punto de vista de los nómadas. Nos educaron vendiéndonos un nomadismo cool y a día de hoy descubrimos que ser nómada no puede ser nunca entrar en las leyes del mercado, viajar así, establecerse en cualquier lugar para trabajar, no para vivir, no desde la vivencia. Ahí radica una diferencia: en la absoluta falta de libertad del discurso del exilio económico que antes nos vendían como sinónimo de éxito. Quisieron que nuestra vida fuera en función del trabajo. Y a mí me gusta el mío y me gustaría dedicarme a él, entiéndeme. No estoy haciendo un canto utópico. Pero a lo que me niego es a que mi identidad sea sólo y sea en función de un trabajo que pueda realizarse en mi pueblo o en la conchinchina. No. Mi identidad es otra cosa mucho más rica, compleja y que, en lo posible, quiero mantener a salvo de las fauces del mercado. No sé si la carta responde mucho pero has ido a preguntar al centro de la herida y de la reflexión de estas semanas en New Haven. Si no me equivoco en mi premisa inicial (que tu estancia en Berlín no parte de un momento en el que te fueras impelida por la necesidad económica) creo que tú misma estás en posición privilegiada para comparar y asomarte a esa diferencia que hay entre lo elegido y lo impuesto (aunque la imposición se envuelva con mercadotecnia y palabras vacías). Dicho todo esto, tres meses en esta universidad van a ser para mí una experiencia importante, que intento aprovechar, que sin duda va a ser positiva para mi investigación y mis expectativas laborales futuras; no me engaño con eso, no quiero incurrir en hipocresías, simplemente observo y pienso y tal y como tenemos en casa el panorama, no puedo evitar que la reflexión salga en ocasiones algo amarga. Quizás porque mi tema lleva implícita la amargura: me preguntas de qué trata mi tesis y, fíjate, gracias al tiempo en esta universidad ahora puedo respondértelo. Trabajo sobre la construcción de la ciudadanía femenina en la prosa ensayística y en las prácticas espaciales de algunas escritoras y activistas del siglo XIX y comienzos del XX. Me fui decantando, con el tiempo y los cursos, por esa época porque creo que en ella radican males y estructuras que al no comprender, al no hacer presentes en nuestro pensamiento político actual, no podemos vencer y siguen haciéndonos difícil ocupar el espacio (y el espacio es el cuerpo, es la vivencia). Me interesa el ensayo, la prosa ensayística, porque es el cauce de un decir radicalmente político, aunque lo acompañe cierta estética; pero en el que pesan el movimiento y la acción de formas distintivas. Movimiento y acción. Eso que tenemos, de palabra y de obra, que recuperar. Pero para ello, intentar las respuestas, intentar nuevas formas de hacer las preguntas. Por eso te agradezco el mensaje, la curiosidad, el compartir desde tan lejos en el tiempo pero con la proximidad de los afectos que  la memoria enseguida devuelve frescos e ilusionados, como las que éramos con 18 años. Esa frescura y esa ilusión es la que desde el cabreo y la observación crítica yo intento pelear cada día. Porque creo que cuando nos conocimos había un impulso cierto, a pesar de todas las cosas de la estructura que entonces ya no eran verdad. Y ese impulso es lo único, el único “capital”, con el que contamos. Como dice una de mis novelas favoritas y espero tatuarme algún día, stay gold.

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