L’exile

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#paleyale

Querido Juan José, no sabes lo presente que se me ha hecho hoy el día que tuve ocasión de conoceros a Marifé y a ti. Quizá os acordéis: fue la magia de Sara Torres la que nos regaló una mañana bellísima por Gijón, comiendo en la terraza del antiguo Baizán y conversando de tantas cosas antes del viaje que en unos días a mí me llevaba a tu tierra con buenas amigas. Hay una palabra que todo el día ha hecho que estés aquí conmigo, muy presente. Orfandad. Hablábamos del exilio republicano, de María Teresa León, de María Zambrano… hablamos de esa ausencia bidireccional como condición íntrinseca de una cultura, una producción literaria, un sentimiento de identidad cercenada. Todo me ha vuelto hoy: vuestra acogedora dulzura, el don de Sara para convertir en precioso cada instante, lo bien que  la ciudad nos cuidó mientras charlábamos y nos conocíamos. Hoy que es 20 de noviembre, que ha muerto la titular del puesto del Ducado de Alba, que la orfandad se hace más sola y solitaria… Ayer que por primera vez las españolas pudimos votar, que no se nos olvide. La Universidad de Yale atesora el legado de Victoria Kent y Louise Crane, su compañera durante más de veinte años desde que llegó a Estados Unidos y hasta su muerte. Mi tesis tiene un límite cronológico claro en 1936, pero estando aquí ese fondo, no podía no consultar al menos las primeras cajas correspondientes a la parte de Kent, una de las primeras mujeres que disfrutó del sufragio pasivo: fue elegida pero no electora; responsable de modernizar en lo posible las prisiones españolas entre 1931 y 1933 durante el primer gobierno republicano (y de esa época, un gesto: recoger todas las cadenas y grilletes de las cárceles madrileñas y mandarlas fundir en una estatua de doña Concepción Arenal), luego preocupada, desde Francia, de ayudar a la marcha al exilio de los refugiados. Desde sus primeros años en Estados Unidos tras pasar y aplicar sus conocimientos como penalista en México, comienza a editar Ibérica, esa revista que pone puentes entre todos los dolores y que ella misma acaba, un poco por dinero, otro poco por desconcierto, con la muerte de Franco y ante el dilema que se abre en la España peninsular. Victoria Kent. Te confieso, querido Juan José, que con ella tengo mis más y  mis menos. Y no tanto porque no defendiera el voto femenino en las cortes constituyentes, en absoluto. Esa decisión es errada a la luz de la historia pero absolutamente comprensible en su momento. No me quiero yo ver en la tesitura de tener que tomar esa decisión en aquella España. Me cuesta Kent porque la siento dura, no consigo librarme de esa coraza que tal vez ella misma tuvo que construir para vivir entre víboras. También por una certeza íntima, esta sí segura, de que quizá políticamente habríamos divergido. Tengo la esperanza de que a pesar de eso nos habríamos encontrado. Su correspondencia con personas muy diversas así lo confirma. La biblioteca donde consulto las cajas de su archivo es en sí una joya. Beinecke Library: por fuera una especie de tumba marmolada, por dentro, un vivero de libros. Literalmente, el centro de su espacio lo ocupa un rectángulo de cristal que permite ver, sabiamente iluminado, la colección de los libros raros y manuscritos que alberga la universidad. Hacia fuera el edificio emite oscuridad pero así consigue, a la entrada, que cuando los ojos se aclimatan a la poca luz caigan rendidos a la enorme pared de cristal tras la cual reposan los libros. Como te decía, el legado de Kent no me sirve del todo y por eso sólo he solicitado consultar las primeras cajas, las que puedan contener, por proximidad, reflexiones de utilidad para mí. Hay que pensar que lo que esta señora tuviera en su casa madrileña cuando termina la guerra se pierde o se quema o se expolia o se destruye (no lo he comprobado, me daba miedo la pena de confirmar mi sospecha). Pero su única documentación de los años 30 en estas cajas gringas es punzante: Comité de Ayuda a los Refugiados Españoles, Comité de Ayuda a España. Las copias en papel de calco de sus cartas, las originales que en hojas de libreta, con letra de cualquier modo, con vaya usted a saber qué ortografía, salían de los campos de concentración que Francia organizó para “acoger” el exilio republicano. Ah, perdón, que los libros dicen campos de refugiados. A mí me gusta llamar a las cosas por su nombre. Y el nombre que volaba en las misivas que hoy han pasado por mis manos, año 38, año 39, es Argèles-sur-Mer. Puedes imaginarte la mezcla de sentimientos, entre los que quizá el más claro sea la rabia, ante esos papeles. En un instante, sabedora de que para mi tesis estos días con el archivo no suponen avance, dejé de leer. Porque me apetecía lanzar ordenadores y bustos de rectores de Yale por las ventanas. En mis manos cartas de personas que le piden a doña Victoria ayuda para salir de su muerte de arena, que ponga unas letras a su familia, que informe si puede de dónde están los hijos… Más las familias que escriben a Francia preguntando, claro. Hay algo tremendo en las cartas de Victoria Kent con diferentes corresponsales, exiliados también en su mayoría, que me trajo a la memoria la orfandad, aquella conversación. Es difícil explicarlo. Esa gente tuvo que irse y pasó los primeros años de su exilio pensando que regresaría, siguiendo las noticias de España con la esperanza de que todo volvería al cauce democrático esperado. Al paso de los años, esa perspectiva cambia, claro. Pero mantienen de sí una visión en la cual tienen algo que decir sobre el país de su memoria y su dolor que, sin embargo, al calor de las décadas cambia, evoluciona y, sobre todo, genera sus propias dinámicas internas de resistencia y lucha antifranquista en las que muchas de estas grandes figuras del exilio están presentes en la historia y en la referencialidad pero no pueden ser integradas como un activo sencillamente porque con todo el dolor, con toda la hendidura, están al otro lado de una frontera más fuerte que la geográfica. Las cartas de Victoria Kent se asoman a esa dura brecha. Muerto Franco, en una misiva afirma que ella no vuelve, ni de turista, mientras el país no vuelva a ser libre, democrático y digno, cosas todas que con el Borbón y con lo que se estaba haciendo en la llamada transición a la democracia estaban bien lejos de ser las adecuadas a los ojos expertos de una de las juristas más brillantes de su siglo. Y volvió para después volver a Nueva York. Y murió muy cerquita de aquí, hace más de treinta años. Y aunque hubiera vuelto definitivamente quizás habría sido esa foto tremebunda del pesado de Alberti como una reliquia de un tiempo inconexo. O la propia Dolores Ibárruri tan extraña en las fotos entre tanto mequetrefe. O tantas, tantos… Volver a donde recuerdan de ti la imagen pero no la vida. Y qué importante la imagen, sin duda, cuánto importa la historia, identidad, memoria construida. El duelo, la orfandad de esta gente, es que no se sentía página de enciclopedia, referente antiguo, relato elaborado -desde el afecto, sin duda, qué duda podríamos presentar- para apadrinar un proceso que se iba de las manos. Se les iba a quienes ya eran una segunda generación, niños de la guerra como Aurora de Albornoz que en su libro de memorias escribe textos en el año 82 en los que constata esa brecha, esa muerte de tantas cosas que no conectan del todo con el presente. ¿Cómo conectar tras cuarenta años de muerte, Juan José? ¿Cómo reacciona la criatura que a los cuarenta años busca a sus padres biológicos para encontrar extraños? Te aseguro que la única razón para no llorar hoy en la reading room de la Beinecke Library era no concederle al lugar ni eso. Porque sin duda la ciudadanía estadounidense se solidarizó con España hasta el extremo de mandar durante la guerra a sus hijos más preciados para combatir al fascismo en las Brigadas Internacionales. Pero su gobierno… ah, su gobierno. Y el de Francia, el inglés… Nos dejaron morir y no consuela saber que después ellos también murieron porque a Franco lo dejaron en su sitio: siempre mejor reyezuelo comprable con dineros que demócrata defendiendo con la ley la palabra patria (querido Pablo Iglesias, inciso, por favor, por favor, por favor, cuídate). Temo la longitud y el desorden, Juan José. Pero hoy os tuve muy presentes. Y todo el tiempo, a la vez, las fotos que subes a facebook de tu nieto. Berlín. Ese cachorro hermoso que seguro esta navidad podéis disfrutar. Noche ya cerrada en este sitio. De Almería recuerdo su luz y hoy la invoco, agradecida, ante toda tempestad. Se siente una menos huérfana cuando la vida le regala seres generosos, seres que hacen brillar la palabra dignidad.

*

(espero que no os moleste la foto, es que me parecía justa: por Sara os conocí y con el primer libro de la niña os invoco hoy)

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