Apología de las apologías (o cuando la Ley Mordaza le llegue a Michel Foucault)

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pensar

Explica Carole Pateman que, allá por la Ilustración, unos buenos señores hicieron la cuadratura del círculo: consiguieron convertir el principio revolucionario de la libertad individual en un modelo de estado sin libertades pero repleto de bellas palabras. El sujeto en lo civil pasó a ser la sujeción civil y filosóficamente dejamos en manos de notables, expertos, sabios, humanos ensoberbecidos de la idea ideal de sujeto, el gobierno del común. De paso, dejaron claro que mujer no es del todo sujeto pero sí parturienta.

Explica Michel Foucault que allá por antes de la Ilustración y en ese entonces de manera clara, ese concepto atravesado que es la “gubernabilidad” o la “razón de gobierno” (que no es forma de gobierno ni hecho histórico concreto sino gestión del poder entendiéndolo escurridizo) pasó a ocuparse de la administración de las personas como recurso, de la demografía como escenario de crecimiento, del territorio como locus de expansión colonial. Todo ello, of course, conveniemente rebozado de palabras bonitas.

Explica Silvia Federici que, mucho antes de todo esto, la aniquilación del concepto de los comunes -ligada indisociablemente al cuerpo de las mujeres como agente imprescindible de la creación y mantenimiento de la vida (vista como “recurso” y mano de obra)- implicó una modificación de la economía y el pensamiento que nos puso en brazos del capitalismo fabril, industrial y actualmente financiero; además de privarnos de una relación sustancial con el mantenimiento de la vida y los cuidados a base de, entre otras cosas, quemar “brujas” con no tan bellas palabras.

Explican otro montón de señoras y señores que la identidad nacional es quimera construida en un momento de tensión territorial que precisaba aglutinar a las gentes alrededor de ideas basadas en el prejuicio y no en el pensamiento serio. Explican que eso casa muy bien con las religiones monoteístas principales. Explican que eso es posible y sólo se sostiene porque hay un montón de mujeres metidas en casas, chozas, adosados, pisos de protección oficial, sometidas por virtud de la religión, la nación o las ideas médicas.

Explican, vaya, que democracia es invento. Que no controlamos el poder. Que de hecho el poder se nos infiltra en las carnes hasta ser “biopoder”. Que seguridad es para los recursos y los libres libérrimos propietarios (que no ciudadanos). Que ciudadano es mayormente varón blanco occidental de clase media alta y orígenes cristianos. Que nos necesitan pensando que sí democracia, que sí libertad, que fíjate qué peligroso el muchacho moreno con acento del sur (que al muchacho moreno con acento del sur, allá en su pueblo, le contarán otra película similar con sus particularidades, no nos engañemos).

Explican con argumentos, ejemplos, razones, pensamientos. Conectan, como las personas nos conectamos para navegar de aquella manera entre las ideas lanzadas, los conceptos adquiridos, las presiones oficiales. Apologetas, claro. Cuánto peligro: la democracia es mentira; el estado, represor. Las banderas se inventaron para justificar guerras y violencias. De la gestión mitológica y mágica de la vida se deriva, pervertido, el mercado de la religión.

Explican también el mecanismo por el cual todo ese caudal de pensamiento está llamado a la persecución, la prohibición y la censura. La Ley Mordaza, la antiterrorista, la seguridad en los aeropuertos, la identificación del “moro” que fotografía un pedrusco en cualquiera de nuestras ciudades. Lo explican. No es consuelo, por cierto, pero nadie puede llevarse a engaño.

Y da igual lo que expliquen porque se han puesto recursos e intereses en deturpar ciertas máximas cartesianas, experienciales: ignorancia que impugna lo que no conoce y pone al mismo nivel todos los discursos sin saber, además, que son discursos, relatos, construcciones constantes en las que brilla escondido cual perla el interés de unos pocos por unos pocos asuntos.

Y sucede un atentado. Y es trágico, claro. Y parece que era imprevisible y fatal y que requiere subir las alambradas. Nos lo creemos porque el miedo no es siempre instintivo en tanto que los instintos del miedo también se educan. Y nos olvidamos, si es que acaso las intuimos, de todas las explicaciones que desmontan con la tranquilidad pasmosa de la inteligencia la legitmidad de aquellos que ordenan amasar nuevo hormigón y sacan brillo al nosotros y los otros, lo nuestro y lo de ellos, los pilares fundamentales, el altar democrático con toda su transición.

Que no son legítimos, no, no, no. Pero que nadie puede serlo tal y como se compuso esta canción.

Lo primero no es difícil de intuir. Lo segundo es, ley mediante, apología de la revolución.

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