Ésta es mi casa

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Esta semana he leído diarios ajenos. Las correspondencias, autobiografías o diarios son puro placer como lectora. No te exigen justificar la curiosidad, te puedes zambullir en ellos sin sentir vergüenza o excusarte. Por eso me gusta especialmente cuando el trabajo me lleva a ellos, cuando son libros editados aunque lo sean sin la voluntad expresa de quienes los escribieron. Pero esta semana he leído diarios ajenos de una forma distinta: en la sección Her Diary de la web maravillosa de Carmen G. de la Cueva. Diarios concebidos por y para, en los que la publicación es premisa. Como acto de escritura personal, los diarios me resultan complejos. Trabajo con palabras y sé que lo que dejas por escrito puede ser leído, aunque se haga de la manera más íntima. Tengo desde niña (desde que “ser escritora” fue un pensamiento secreto en el que se mezclaban anhelos variados, en los que el ego y el reconocimiento no son un ingrediente menor) la sensación de que todo lo que escribo podrá alguna vez ser leído. Por eso mis diarios no son buenos: esa noción los envenena porque me hace sentir culpable y porque inevitablemente activa la vergüenza. Si no vas a ser sincera, si vas a elaborar, si no estás dispuesta a mostrar lo que realmente piensas, sientes… si todo está mediado por la idea de ejercicio, no lo hagas. Haz lo que puedes hacer siendo honesta: investiga, escribe poemas, intenta novelas. En las convenciones de todo ello, bien para respetarlas o para saltártelas, cabe tu yo de formas que son directas pero que no son poner tu yo completamente al descubierto. Y aunque en este blog lo hago pues me propuse que el trapecio habría de ser mi yo tal cual fuera capaz de expresarlo, también hay convenciones protectoras. He publicado libros pero me sigue dando vergüenza acariciar la palabra “escritora”. No obstante lo hago y me beneficio de mecanismos lícitos: puedo reseñar, puedo opinar, puedo compartir. Hay cauce y estoy en él de verdad aunque decido cuánto y desde dónde. Por eso la lectura del diario de Jenn Díaz esta semana en La tribu de Frida me ha hecho pensar tanto, además de en el contenido, en el artefacto. Me ha obligado a volver a pensar estas cosas y sólo por eso ya estoy agradecida. Siempre es de agradecer que alguien te ponga donde no quieres ponerte o donde creías que ya no tenías nada nuevo que descubrir quizás por soberbia intelectual o por miedo a descubrir lo que con mucho mimo has ocultado como por descuido del pensamiento. Ah, vaya, no lo sabía. Qué despiste. Me siento un poco así ahora: en el momento de volver sobre lo que he almacenado en mi memoria y en mi vida de formas que quizá no fueron las mejores pero habían servido. Ya no lo hacen y entonces. Hoy he leído la última entrada del diario de Jenn Díaz y me he sorprendido llorando a moco y baba ante un párrafo quizá menor en el hilo argumental de todas las entradas. Digo quizá menor pero en el fondo sé que no porque trabajo con el espacio y sé cuánto pesa la palabra casa. Y sé que la lectura de diarios, cartas, relatos biográficos en primera persona me provoca, además de todo lo dicho, una de las victorias más grandes que conozco sobre la soledad. Puede que quizás por eso la literatura, qué duda cabe. Pero termino de leer el diario con agradecimiento. Y lo expreso, a autora y editora, venciendo la vergüenza que en el fondo me provoca y provoca, también, volver a pensar todo aquello que yo creía saber sobre los textos personales, mi relación con ellos. Esta casa nueva y mía como nunca (con todo el vértigo, entonces) desde la que escribo.

“Ésta es mi casa. Quizá es la primera casa que he tenido desde que me fui de la de mis padres. He cambiado quince veces los muebles, colgado cuadros, comprado cosas para decorarla y he encontrado —importante— mi lugar de escritura. La ordeno y la desordeno, la limpio y la ensucio, sé dónde está todo, tiene una luz distinta según la hora… es mi casa. Lo digo casi con orgullo; no, lo digo con inmenso orgullo, mientras me paseo el domingo por la mañana y me digo a mí misma que ésta es mi casa y que eso me contenta de una manera infantil. Es mi casa, la siento mi casa… no siempre he tenido una”

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  1. Me propuse ser honesta en este diario porque si no lo era, ¿para qué? Y en algunas cosas no he sido todo lo honesta que podría, porque no todas las cosas me afectan a mí en exclusiva, pero… bueno, todo lo honesta que puede una ser sabiendo que se publicará. Era algo que me preocupaba y me sigue preocupando. Es lo malo de contemplar al otro cuando se escribe… todo son ojos lectores. Por ejemplo, tenía muchas reflexiones que venían al hilo, reflexiones de cómo mi familia gestionó una situación parecida a la mía… pero cuando descubrí que mi familia —que no lee nunca lo que escribo— estaba siguiendo el diario, decidí callarme algunas cosas. Lo digo para consuelo tuyo. Incluso la honestidad tiene alguna que otra mentirijilla… es cuestión de no darle importancia.
    Muchísimas gracias por este texto, Alba. Me ha gustado muchísimo.
    Un abrazo,
    J.

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