Blusa

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pensar / realpolitik

Blusa se define como revista feminista de creación y ensayo. Odio profundamente la rima entre “revista” y “feminista”. Recelo con convicción de todo entusiasmo con la querida etiqueta. Recelé cuando sus editoras me escribieron para pedirme una colaboración. A Sara Herrera Peralta la conocía; a Carmen G. de la Cueva, no. Y yo, sin conocer, llevo mal cualquier aproximación política. Me propusieron una sección para hablar de mujeres en la historia, feministas o no. Y, en realidad, me parecía tan buena idea, me apetecía tanto, que desoí el recelo y deseé equivocarme.

Me equivoqué, claro, como tantas otras veces en las que hacen presa de mí un purismo y una desconfianza extremos hacia la transmisión, los enfoques, los porqués. Blusa estrena estos días su segundo número y eso significa que ya son dos las criaturas que he publicado en sus páginas. No saben las editoras, no pueden saberlo, lo importante que está siendo para mí escribir en este tiempo. Bajar barreras autoimpuestas, barreras inconscientes. Aceptar la voz. Dejarla ser. El experimento en Blusa, la libertad total para hablar de lo que quiera y como quiera desde unas sencillas premisas (historia, mujeres, compartir) me está reconciliando con la prosa y la divulgación pero también y sobre todo con la investigación. Conmigo, vaya.

Decía hace unas semanas que los diarios y yo no nos llevamos bien. Pero descubro que insertar un relato histórico en lo diario de mi vida es otra cosa. Por eso en la primera Blusa, tan cerquita de Nueva York, quise hablar de Isabel Oyarzábal Smith, una de las primeras diplomáticas españolas. Tan cerquita de Nueva York y de Valeria Vilaseca, que sin duda no es la primera diplomática boliviana en Naciones Unidas, pero cada día se adentraba en un edificio con fantasmas que yo quería convocar. Hablar de Isabel Oyarzábal pero hablando de mi amiga Valeria Vilaseca, porque en los libros de historia no es costumbre consignar quién escribe el cuerpo de leyes para proteger los derechos y garantizar una vida libre de violencia a las mujeres de Bolivia, o quién lleva por azar la portavocía de los países “pobres” para renegociar la deuda de Argentina; como tampoco se dice quién fue la primera mujer que representó a España en la Organización Internacional del Trabajo, todo su trabajo por los derechos laborales de las mujeres y de la infancia.

Para la segunda Blusa, se cruzó la política de otra forma. Podría escribir horas sobre la participación de las mujeres, su cultura política, por qué no hay manera de estar y la que lo hace encarna todos los males y las pasa canutas para que la tomen mínimamente en serio. Y con la cercanía de quienes en este tiempo se involucran en el proceso de cambio político en España a través de Podemos, de la estantería salió a la carrera la capitana Mika Etchebéhère, una de las pocas mujeres con mando de tropa durante la guerra civil española. Al frente de milicianos del POUM, de hombres que la consideran madre e idea, suya en todo caso. Venir a luchar a un país extranjero, a defender ideales de humanidad extrema. Echarse a la espalda pensar el común y hacerlo sabiendo que al otro lado de esa espalda hay unos pechos, que se hace desde un cuerpo de mujer obligado a negociarse en el espacio público, espacio que no es favorable a la presencia política y a la participación de las mujeres.

Si queréis una buena lectura para el fin de semana, tenéis dos números de casi 100 páginas repletos de reflexión, imagen, entrevista y creación.

Recelé antes de decir que sí a Blusa. Hoy doy las gracias. blusa

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