Interruptus: Adriana Lastra y los platós televisivos

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realpolitik

En los últimos meses he perdido varios hábitos. Viaje, trabajo y vida se aliaron para que de mis semanas desapareciera la liga de fútbol, la costumbre de los partidos de fin de semana, las crónicas del lunes, la Champions, estar al tanto de las plantillas y sus devenires. Una sensibilidad extrema hacia el ruido, las voces disonantes y el barullo se ha llevado por delante todo intento de seguir la nueva política en los programas de televisión, confiándome a Youtube o a un uso neurótico del botón de silencio en el mando a distancia.

Decimos “nuevo” porque todo cambio ha de erigirse, en lo simbólico, contra un estado de cosas al que enjaretarle vejez y caducidad, al que borrar del mapa con otro ímpetu. Pero en toda disciplina que aplique, aunque camuflados, esos opuestos lo que sucede es siempre menos innovador. Candidatos en platós de televisión, en entrevistas–debate, agarrándose verbalmente con periodistas, presentadores… el espectáculo en la pantalla que cada cual haya colocado en su salón. Cierto proceso del proceso, cierta espontaneidad construida, la mínima posibilidad de un salto de guión. Todo eso me interesa aunque no soporte el griterío de los debates.

La televisión, sin embargo, no es un invento nuevo: el canal es aquí, objetivamente, viejo. Ha visto alunizajes, watergates, Franco ha muerto. El entierro de Kennedy y la llegada de un hombre afroamericano a la Casa Blanca. Muertos en guerras y en trenes, bodas o funerales de Estado, la calva de un exdirector del FMI entrando en un coche policial. La televisión, sin ninguna duda, también es casta. En el barullo de los debates que nos asolan antes de comer, las noches de sábado, parecemos olvidarlo porque sí, no es frecuente, tener tan a la vista el buen hacer o no en un diálogo de sus personajes. Pero quienes hablan o gritan no son, tampoco lo olvidemos, como tú y yo, simples mortales, entre otras cosas porque no pierden de vista el poder manipulador y potenciador de los discursos de ese aparato.

Hace unos días, la candidata del PSOE al Congreso por Asturias, Adriana Lastra, incendió las redes con su forma de impedir una interrupción del podemita Íñigo Errejón: “Perdona, Íñigo, soy la única mujer…” Por supuesto, en las redes la cita literal se había diluido un poco: “no me interrumpas que soy mujer” y de la disculpa al imperativo también se desplazaron unos cuantos significados importantes. Youtube mediante, observo a Lastra entonar televisivamente la protesta por la estudiada tendencia masculina a no dejar hablar a las mujeres en espacios públicos (que combina a la perfección con la socialización femenina para el silencio y el convencimiento de que no tenemos nada importante que decir) pero intento no olvidarme de quién es. Intento no olvidarme de que ella, con quien comparto posiblemente configuración hormonal y significados culturales, no es del todo como yo.

Están los hechos: los estudios nos describen lo difícil que es para algunas mujeres abrirse paso en entornos masculinos y conectan eso con procesos educativos, familiares, sociales, que tienden desde pequeñitas a ponerles punto en boca. La niña que habla mucho es la sabihonda, la pelota, la repipi. Maestras y maestros tendían –y alguien quedará todavía así– a dar la palabra más veces a un muchacho que a una muchacha si levantaba la mano. A ellos se les ríen las gracietas, a las niñas se les afea la impertinencia. Las cosas cambian, claro, y probablemente en las escuelas de hoy tengamos mucho más cuidado con estas cosas. Pero quienes salen en televisión vienen, sin duda alguna, de las escuelas de ayer.

Crucemos esto con otro hecho: a las mujeres les cuesta tener una cultura política activa en los términos masculinos (participación, representación, portavocía) y suelen tenerla en otros términos relacionados con el segundo plano, el trabajo de guerrilla, los cuidados y la logística. Grosso modo, claro. Las excepciones, que existen, suelen responder a algunos modelos: o bien nos encontramos con señoras que son exactamente igual que señores en su praxis pública –que se vuelven como señores para poder tener una praxis pública– o bien, en estos días, aparece un nuevo tipo de representante política que no se enmascara en la masculinidad hegemónica y que intenta no caer en trampas de falsa cortesía, además de no esconder que oh, diosas, tiene dos tetas, qué barbaridad. Entre Inés Arrimadas y Ada Colau pueden oscilar ambos extremos.

Sucede que la tele tiene sus querencias. Imagino las asesorías de los partidos políticos intentando decidir cuánto de largo un vestido, qué imagen ofrece en términos sexuales, cuánto de profesional y seria y buena gestora puede parecer una mujer. Luego, en el peor de los términos, se le corta la cabeza en un reportaje fotográfico y se equilibran entonces los significados, como fue el caso de la representante catalana de Ciudadanos tras obtener un resultado histórico de su formación y siendo la única candidata a presidenta de aquellas elecciones. Así que el despliegue protocolario, la danza y el encaje de bolillos de la televisión tiene en cuenta roles y actitudes de manera si no nueva, sí televisada. Para todos los públicos.

Este público que aquí escribe sintió un escalofrío recorrerle la cerviz al ver a Lastra invocar su condición de única mujer en el debate. Intento explicaros por qué: porque es cierto que era la única y eso, en sí, ya es un síntoma (pienso por ejemplo en el programa especial de La Sexta en noche electoral catalana: ese campo de nabos de la prensa patria, presentador incluido). Es cierto también que la presentadora era Ana Pastor, a quien le debe escocer el Anita de cierto galán latinoamericano con pocas formas de presidente y muchas de estereotipo, que pronto saltó y restó importancia a la protesta de Lastra. Lo hizo porque para ser la única reconocida entre ellos, quizá, tengas que no decir muy alto que es ella. Es cierto que Errejón interrumpe a todo el mundo, también. No por ello deja de tener peso el privilegio coyuntural de su varonía.

Es cierto también lo que ya he enumerado de dificultades para la política en términos masculinos, de la socialización diferenciada por género desde la infancia, de la costumbre interiorizada de oponer al hombre sabio y la charlatana. Pero, oh diosas, de nuevo, Adriana Lastra no es como tú ni como yo. No dice nada que no venga del aparato de un partido y aquí sí invoco y creo que defino la vieja política. No dice nada, en realidad, que no tenga medidas sus palabras. Dejando de lado la simplificación de las redes que diluía todo el contenido de protesta legítima ante esa puñetera manía de no dejarnos hablar de ciertos varones, o de hacerlo con condescendencia o esperando a que terminemos para hablar de sus cosas, lo cierto es que la forma se me quedó clavada en la garganta como ansiedad seca.

Quiero ver a una representante política que rompa los gritos que silencio en mi televisión, que desactive el discurso del machito, que con toda la calma entone, tal vez, un poco de ironía, de certero dardo, de realidad otra sin caer en los juegos conocidos. Quiero ver a una representante política que, sin tener que negar su condición de mujer para hacerse hueco, no la entone o exprese buscando fáciles lealtades, malditas cortesías, el riesgo que enfanga de la victimización. No quiero entrar antes en el ascensor, ser invitada a copas, gozar de un silencio displicente para que diga mis cosas antes del debate de calado. No quiero nada de esto en mi salón, en la pantalla. O sí, pero en Mad Men.

* publicado en el número dos de FRIDA, #diariodeunapropagandista

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