Sonreíd (a la manera de un cierre de año)

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Sí, es 15 de diciembre. No, no me he vuelto loca. Creo fervientemente que este año 2015 termina quince días antes de lo previsto. Y hoy, con una mezcla de tristeza, fiebre, afonía y preocupación derivada a su vez de la muerte, la parranda y la enfermedad, mientras termina el streaming del mítin central de campaña de Podemos en Asturias, me parece un buen momento para hacer repaso.

La campiña.

Hace un rato, Sofía Castañón leyó un discurso bellísimo. Como cada una de sus palabras desde que empezó la “campiña”, y a diferencia de lo que resulta habitual con los políticos y las políticas old school, hay en el speech la justa muestra de rabia y de esperanza, la voz cierta que conmueve y azuza e invita a reflexionar en el poema trasladada ahora a la vida material, a la vida que nos quitan a trozos y que queremos recuperar. Creo que va para diez años que conozco a Sofía. Nueve, al menos. Si alguien me dice que nos vemos en esta a punto de terminar un 2015 no me lo creo. Y, a la vez, todo tiene el sentido correcto, el sentido preciso, de las cosas que siguen su curso y su ciclo de tierra y coherencia, su ciclo animal, hasta llevarnos a este lugar. Nunca me imaginé vivir de cerca una campaña electoral. Tampoco que ésta pueda hacerse hermosa, en la complicidad de personas con la que compartes biorritmo. Mi parte más mordaz espera a la noche del 20D para algunos divertimentos, pero un avance: no hay campiña posible sin amigas, amigos, un compañero de vida, un anarquista, un agente secreto.

El viaje.

Hace doce meses y alguna hora bisiesta perdida en el cosmos terminó un viaje y comenzó otro que me ha acompañado desde dentro hacia afuera de una forma extraña. Lo llamaban crecer, creo. Diálogo con fantasmas y con presencias interiores. Galerías, soledades, iluminaciones. Lo doy, en esta etapa, por cerrado. Y no habría sido posible sin la compañía amorosa de quienes saben el mapa y los obstáculos. Hacer observación participante con una misma es agotador pero, en este tiempo, la voz de dentro y la que se escapaba se han encontrado. Afinado, entonces, el timbre de este cuerpo.

Las ciudades.

Madrid, siempre. Pero no hubo este año Barcelona. La echo de menos. Breve Sevilla tras años sin Sur y en ella, una nueva cómplice de palabras que apareció por azares de la red y que celebro. Coventry, congresual, premonitorio de lo que ojalá sean dos meses de mi vida el año que viene. Melilla, volando España entera con Sofía hasta esa ciudad sitiada. Hablar sobre la tierra y sobre el mar. Desplazarnos para ser. Burgos, también, para ponerle escenarios a los relatos de vida de un compañero. Suave el vaivén de carreteras y aire, pero nutricio.

La muerte.

Acaba el año con un animal menos en esta casa. Con su ausencia tan tremenda en cada hueco y lugar que le era propio. Las gatas, sabias, intuitivas, se despidieron antes. Nosotros, desolados, tenemos atragantadas las imágenes duras del final y poco a poco, las lágrimas van limpiando el desenfoque para devolvernos las hermosas, las divertidas, las que acompañarán. Antes de morir, el señor Luna soñó que corría. Lo hacía seguro persiguiendo a Talita o a Freya, jugando, disfrutando, con Iván cerca.

Los proyectos.

Tejer y destejer. Salió Traje roto en un formato artesano, único, especial. Se revolvieron los peomas anteriores y ahí están, en movimiento dispuestos a ser, sonriendo, Sonreíd, el próximo curso. El título, curiosamente, me lo dio hace años Laura Casielles como hipótesis para Parentesco. Sonreíd. Qué curioso que fuera Laura, la mujer de la sonrisa generosa en la que llevo tanto tiempo refugiándome. Casualidad. Imperativo. Ciclo de vida. Ciclo que termina y entonces Hesperya termina de verdad, también. En los papeles, aunque hace años que en la vivencia y en lo práctico. Agridulce para mí ese jardín. Espacio de la autocrítica extrema por lo que no se hizo bien, nada bien, rematadamente mal que impide con justicia ver lo bueno. Balanza desequilibrada que el tiempo, supongo, sanará. El agradecimiento a quienes confiaron, trabajaron, nos regalaron su enorme generosidad. Pensé que nunca me vería en otra de estas, pero el tiempo del barbecho, del silencio y de la cura madura en palabras, Memoria de la carne, y por eso entonces buscar otras maneras de hacer desde esta que soy, en la compañía escogida. Eritia. Las manos manchadas de tierra y de vida. Larga vida, pequeña imagen de esa joven a media sonrisa de alegría y fiereza. Proyectos. Hay otro bellísimo que se gesta despacio y que ha caído en el final de este tiempo como un regalo de vida, sueño cumplido. Guardo los augurios, las palabras, hasta que se pueda contar ;)

Las palabras.

Sofía daba las gracias en su discurso de campaña. Enorme, fuerte, contagiosa. Nos dejó en silencio, en el silencio emocionado de la garganta que se quiebra. Palabras limpias en gargantas limpias que quiebran nuestras propias palabras y nuestra voz. Desde el amor. Desde la justicia. Desde el cuidado. Gracias. Sí.

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