MDLC en el Barjola

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La Sociedad Cultural Gijonesa nos invitó, hace unas cuantas semanas ya, a participar en una iniciativa que pretende extender la cultura por espacios no habituales de la ciudad de Gijón. Nos encantó la idea y sacamos los aperos de Eritia para ello.

El próximo sábado 7 de mayo a las 19:30 en la capilla del Museo Barjola ponemos en escena otra vez Memoria de la carne, el espectáculo de música y poesía contemporáneas que Ivvy Saint Germain y yo nos traemos entre manos en este último año.

Nos hace especial ilusión precisamente por el espacio: no sólo por dispersar la actividad cultural fuera de los núcleos habituales en la ciudad, sino también por la oportunidad acústica y escénica de compartir esta propuesta en un lugar tan especial como la capilla. Por diversos motivos (y si venís los comprobaréis) hay un contraste interesante entre lo que contamos/cantamos, el uso inmediato de un espacio como ese y el efecto que provoca cuando se resignifica (desacralización mediante) y se pone a pie de ciudad y como soporte artístico un lugar tan simbólico.

En mi caso es la segunda vez que la poesía me lleva a un recinto religioso ya sin culto, la primera fue en Córdoba, en Cosmopoética, y no seré yo quien niegue las maravillas de la arquitectura sacra a efectos de voz, sonido y ambiente. Algo que viene estupendamente en esta ocasión en la que Ivvy se ocupa de texturas, sonidos y capas envolventes, mientras yo intento proponer una mirada alternativa, viajera y periférica a los afectos, sus normatividades impuestas, los desastres más o menos voluntarios, el ejercicio de conciencia y cuidados que queremos para el(los) amor(es).

Os dejamos el cartel:

MDLCBarjola

Updates y tetas

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Primer trimestre de 2016, casi completado. Echémosle un vistazo, vayamos por partes.

Delenda est Tesis. Así que como debe ser terminada, lo que resta de año va a ser un salto mortal para tener el borrador gordito y bien cebado a 31 de diciembre. Como siempre y como nunca antes, la obligación activa el deseo de todo lo que no es la obligación y en esa frustración me consumo. No quiero padecer lo que de existir debería llamarse Síndrome de Gilipollez Aguda por Acabamiento de PhD. Quizás no pueda no padecerlo. Quienes me queréis estáis animándome tanto, cuidándome tanto, que tengo fe en que las experiencias cercanas sean la alerta para sortear con algo más de calma esta recta final. La alerta para que no me dejéis de querer por el camino y me perdonéis las acciones y omisiones, pensamientos y olvidos, que este período me temo traerá…

Delenda est Tesis. Y si no falla ninguna burocracia, gran parte de ese impulso final se lo voy a dar en la campiña inglesa durante los meses de junio y julio. Después del #paleyale la idea del viaje de trabajo me aterrorizaba pero, al tiempo, es absolutamente necesario. Así que he metido un montón de cosas en el saquito de los miedos y ahí está, al fondo del trastero protestando…

(Lucas, bro, voy a ir necesitando un hashtag nuevo para dar por saco en la distancia).

En este batiburrillo he vuelto a las clases en campus ajeno. ¿Os he dicho que dar clase es el momento exacto en el que lo que hago vale para algo de forma directa, sin diferidos? Igual las futuras maestras que me tendrán que aguantar no lo ven así, pero el aula es el espacio en el que siento que trabajo con las manos, milagro de la comunicación.

Se me va revelando, de una forma dolorosamente encarnada, la incompatibilidad de la academia y el activismo. Quiero pensar a fondo sobre esto ahora que me aqueja, tesis lacerante, el conflicto entre la política teórica en la que vivo y la política práctica en la que están las hermanas que me dan vida. No digo que no se pueda hacer, claro. Pero por primera vez detecto las fuerzas que separan pensamiento de acción y me pregunto sobre ellas.

Nos escapamos a Madrid para secar un poco y tener sol y tener tiempo suspendido e infusiones y palabras y paseos. Breve pero nutricio. Pilas cargadas.

Salió una Frida nueva, con la incombustible Carmen G. de la Cueva a sus mandos. Escribo de actualidad -y me resarzo porque ahí, desde la palabra, le hinco el diente al pulso de los días- y aunque salga con un poquito de retraso sobre el hecho me temo que la teta de Bescansa bien merece que nos paremos a pensar. Yo lo tomé por las diferentes respuestas que desde los feminismos surgieron ante el gesto del zagal en el escaño. Para leer la revista entera, pinchad aquí. Para mis paseos mentales por la actualidad, acá.

En mayo, antes del viaje, tenemos un nuevo chou de Memoria de la Carne. Será en el Museo Barjola, pronto os contamos más, nos hace muy felices.

Me acompañan libros. Tengo más canas. Esta semana tal vez nos marquemos un #bettercallsaul a ritmo de Paquita la del Barrio e Iván suelte tanto, tanto lastre. Puede que me saque medio carnet de conducir antes del viaje. La casa absorbe cada rayo de luz de una forma nueva y distinta. Las gatas se lamen y duermen acurrucadas. Mi ahijado ha conseguido que volver al trabajo la semana próxima tenga el aliciente de colgar su enorme dibujo en la pared del despacho. Mi ahijado estuvo jugando ya aquí, casa esta en la que de pronto no me asalta la provisionalidad y poco a poco los objetos y palabras nos van vistiendo.

Quereos, que la vida es corta.

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Diario de Navidad

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diario de navidad

Una de mis secciones favoritas de La Tribu de Frida desde su origen es  la de diarios de escritoras variadas que durante una semana van compartiendo vida, pensamiento e imagen. Sobresalen para mí dos, de todos los publicados hasta ahora, que firman Jenn Díaz y Sara Torres. Aprendí mucho de ambas, me emocioné, disfruté y repensé incluso mi relación de escritura-lectura con este ¿subgénero? tan, pero tan, tan “femenino” y de ahí, en realidad, su condición de sub-, su desprestigio tantas veces. Literatura íntima, pequeña, no “literaria”. Si algún día hay que dar patadas a un canon puede ser hoy, cuando la autoficción -que es de lo que hablamos, en mayor o menor grado, a través del relato de hechos íntimos desde un salto extraño entre verdad y verosimilitud, ocultamiento e iluminación- está siendo la materia prima más interesante para, por ejemplo, la novela.

No me enredo. Acepté a finales del año pasado escribir uno de esos diarios de La Tribu y por diversas razones salió este Diario de Navidad que hoy, varias semanas después, se publica. En estos días de desmontar dos casas para hacer, en realidad, una; de limpiar paredes y cajones y cuidar, en suma, la guarida, vuelvo a leer lo que escribí a finales de diciembre y pienso que no otra cosa podía haber escrito para abandonar finalmente una de las vueltas de este ciclo. Nuevo loop, más conocimiento del trapecio e idéntica (pero distinta) saltimbanqui.

Reescribirte otra vez, borrarte nunca.

Antologías y propósitos

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Arranca 2016 y, entre mis propósitos para el año nuevo, está el importante asunto de dar cuenta de un par de proyectos hermosos. Con retraso, vaya, pero con convencimiento. El final de 2015 vino de la mano de dos libros que me tienen especialmente contenta: Siete mundos. Selección de nueva poesía (Impronta) y Exploradoras, un libro de poesía gráfica de Nathalie Bellón (Libros de la herida).

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El primero es una antología elaborada por Pablo Núñez y Carlos Iglesias Díez en la que tengo el gusto de participar junto con otras compañeras y compañeros “generacionales” que, aquí en Asturias, escribimos en castellano. El proceso de conformación del libro fue estupendo por el cuidado y el mimo de sus antólogos, el resultado material es una delicia como las habituales en la editorial Impronta. En la nómina estamos, entonces, además de la menda, Laura Casielles, Sara Torres, Rodrigo Olay, Raquel F. Menéndez, Xaime Martínez y Diego Álvarez Miguel.

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El segundo título es para mí una novedad: un álbum de poesía gráfica. La ilustradora Nathalie Bellón nos pidió, a un grupo de autoras, que le cediésemos un poema para que ella lo tradujese a su lenguaje de tinta y papel. El resultado es una antología personal donde versos e imágenes caminan de la mano. Me gusta el trabajo sobre mi poema y me gusta, en realidad, el relato que Nathalie/Exploradora compone con la imagen a través del hilo que tejen los distintos poemas. Una idea chulísima que viene de la mano de la editorial amiga Libros de la Herida. No dejéis de echarle un vistazo a todo su catálogo, hasta ahora dedicado a poesía, narrativa y ensayo; pero que crece con este proyecto como si llevaran toda la vida publicando este tipo de obras. Un lujo, como siempre.

Sonreíd (a la manera de un cierre de año)

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Sí, es 15 de diciembre. No, no me he vuelto loca. Creo fervientemente que este año 2015 termina quince días antes de lo previsto. Y hoy, con una mezcla de tristeza, fiebre, afonía y preocupación derivada a su vez de la muerte, la parranda y la enfermedad, mientras termina el streaming del mítin central de campaña de Podemos en Asturias, me parece un buen momento para hacer repaso.

La campiña.

Hace un rato, Sofía Castañón leyó un discurso bellísimo. Como cada una de sus palabras desde que empezó la “campiña”, y a diferencia de lo que resulta habitual con los políticos y las políticas old school, hay en el speech la justa muestra de rabia y de esperanza, la voz cierta que conmueve y azuza e invita a reflexionar en el poema trasladada ahora a la vida material, a la vida que nos quitan a trozos y que queremos recuperar. Creo que va para diez años que conozco a Sofía. Nueve, al menos. Si alguien me dice que nos vemos en esta a punto de terminar un 2015 no me lo creo. Y, a la vez, todo tiene el sentido correcto, el sentido preciso, de las cosas que siguen su curso y su ciclo de tierra y coherencia, su ciclo animal, hasta llevarnos a este lugar. Nunca me imaginé vivir de cerca una campaña electoral. Tampoco que ésta pueda hacerse hermosa, en la complicidad de personas con la que compartes biorritmo. Mi parte más mordaz espera a la noche del 20D para algunos divertimentos, pero un avance: no hay campiña posible sin amigas, amigos, un compañero de vida, un anarquista, un agente secreto.

El viaje.

Hace doce meses y alguna hora bisiesta perdida en el cosmos terminó un viaje y comenzó otro que me ha acompañado desde dentro hacia afuera de una forma extraña. Lo llamaban crecer, creo. Diálogo con fantasmas y con presencias interiores. Galerías, soledades, iluminaciones. Lo doy, en esta etapa, por cerrado. Y no habría sido posible sin la compañía amorosa de quienes saben el mapa y los obstáculos. Hacer observación participante con una misma es agotador pero, en este tiempo, la voz de dentro y la que se escapaba se han encontrado. Afinado, entonces, el timbre de este cuerpo.

Las ciudades.

Madrid, siempre. Pero no hubo este año Barcelona. La echo de menos. Breve Sevilla tras años sin Sur y en ella, una nueva cómplice de palabras que apareció por azares de la red y que celebro. Coventry, congresual, premonitorio de lo que ojalá sean dos meses de mi vida el año que viene. Melilla, volando España entera con Sofía hasta esa ciudad sitiada. Hablar sobre la tierra y sobre el mar. Desplazarnos para ser. Burgos, también, para ponerle escenarios a los relatos de vida de un compañero. Suave el vaivén de carreteras y aire, pero nutricio.

La muerte.

Acaba el año con un animal menos en esta casa. Con su ausencia tan tremenda en cada hueco y lugar que le era propio. Las gatas, sabias, intuitivas, se despidieron antes. Nosotros, desolados, tenemos atragantadas las imágenes duras del final y poco a poco, las lágrimas van limpiando el desenfoque para devolvernos las hermosas, las divertidas, las que acompañarán. Antes de morir, el señor Luna soñó que corría. Lo hacía seguro persiguiendo a Talita o a Freya, jugando, disfrutando, con Iván cerca.

Los proyectos.

Tejer y destejer. Salió Traje roto en un formato artesano, único, especial. Se revolvieron los peomas anteriores y ahí están, en movimiento dispuestos a ser, sonriendo, Sonreíd, el próximo curso. El título, curiosamente, me lo dio hace años Laura Casielles como hipótesis para Parentesco. Sonreíd. Qué curioso que fuera Laura, la mujer de la sonrisa generosa en la que llevo tanto tiempo refugiándome. Casualidad. Imperativo. Ciclo de vida. Ciclo que termina y entonces Hesperya termina de verdad, también. En los papeles, aunque hace años que en la vivencia y en lo práctico. Agridulce para mí ese jardín. Espacio de la autocrítica extrema por lo que no se hizo bien, nada bien, rematadamente mal que impide con justicia ver lo bueno. Balanza desequilibrada que el tiempo, supongo, sanará. El agradecimiento a quienes confiaron, trabajaron, nos regalaron su enorme generosidad. Pensé que nunca me vería en otra de estas, pero el tiempo del barbecho, del silencio y de la cura madura en palabras, Memoria de la carne, y por eso entonces buscar otras maneras de hacer desde esta que soy, en la compañía escogida. Eritia. Las manos manchadas de tierra y de vida. Larga vida, pequeña imagen de esa joven a media sonrisa de alegría y fiereza. Proyectos. Hay otro bellísimo que se gesta despacio y que ha caído en el final de este tiempo como un regalo de vida, sueño cumplido. Guardo los augurios, las palabras, hasta que se pueda contar ;)

Las palabras.

Sofía daba las gracias en su discurso de campaña. Enorme, fuerte, contagiosa. Nos dejó en silencio, en el silencio emocionado de la garganta que se quiebra. Palabras limpias en gargantas limpias que quiebran nuestras propias palabras y nuestra voz. Desde el amor. Desde la justicia. Desde el cuidado. Gracias. Sí.

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Interruptus: Adriana Lastra y los platós televisivos

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En los últimos meses he perdido varios hábitos. Viaje, trabajo y vida se aliaron para que de mis semanas desapareciera la liga de fútbol, la costumbre de los partidos de fin de semana, las crónicas del lunes, la Champions, estar al tanto de las plantillas y sus devenires. Una sensibilidad extrema hacia el ruido, las voces disonantes y el barullo se ha llevado por delante todo intento de seguir la nueva política en los programas de televisión, confiándome a Youtube o a un uso neurótico del botón de silencio en el mando a distancia.

Decimos “nuevo” porque todo cambio ha de erigirse, en lo simbólico, contra un estado de cosas al que enjaretarle vejez y caducidad, al que borrar del mapa con otro ímpetu. Pero en toda disciplina que aplique, aunque camuflados, esos opuestos lo que sucede es siempre menos innovador. Candidatos en platós de televisión, en entrevistas–debate, agarrándose verbalmente con periodistas, presentadores… el espectáculo en la pantalla que cada cual haya colocado en su salón. Cierto proceso del proceso, cierta espontaneidad construida, la mínima posibilidad de un salto de guión. Todo eso me interesa aunque no soporte el griterío de los debates.

La televisión, sin embargo, no es un invento nuevo: el canal es aquí, objetivamente, viejo. Ha visto alunizajes, watergates, Franco ha muerto. El entierro de Kennedy y la llegada de un hombre afroamericano a la Casa Blanca. Muertos en guerras y en trenes, bodas o funerales de Estado, la calva de un exdirector del FMI entrando en un coche policial. La televisión, sin ninguna duda, también es casta. En el barullo de los debates que nos asolan antes de comer, las noches de sábado, parecemos olvidarlo porque sí, no es frecuente, tener tan a la vista el buen hacer o no en un diálogo de sus personajes. Pero quienes hablan o gritan no son, tampoco lo olvidemos, como tú y yo, simples mortales, entre otras cosas porque no pierden de vista el poder manipulador y potenciador de los discursos de ese aparato.

Hace unos días, la candidata del PSOE al Congreso por Asturias, Adriana Lastra, incendió las redes con su forma de impedir una interrupción del podemita Íñigo Errejón: “Perdona, Íñigo, soy la única mujer…” Por supuesto, en las redes la cita literal se había diluido un poco: “no me interrumpas que soy mujer” y de la disculpa al imperativo también se desplazaron unos cuantos significados importantes. Youtube mediante, observo a Lastra entonar televisivamente la protesta por la estudiada tendencia masculina a no dejar hablar a las mujeres en espacios públicos (que combina a la perfección con la socialización femenina para el silencio y el convencimiento de que no tenemos nada importante que decir) pero intento no olvidarme de quién es. Intento no olvidarme de que ella, con quien comparto posiblemente configuración hormonal y significados culturales, no es del todo como yo.

Están los hechos: los estudios nos describen lo difícil que es para algunas mujeres abrirse paso en entornos masculinos y conectan eso con procesos educativos, familiares, sociales, que tienden desde pequeñitas a ponerles punto en boca. La niña que habla mucho es la sabihonda, la pelota, la repipi. Maestras y maestros tendían –y alguien quedará todavía así– a dar la palabra más veces a un muchacho que a una muchacha si levantaba la mano. A ellos se les ríen las gracietas, a las niñas se les afea la impertinencia. Las cosas cambian, claro, y probablemente en las escuelas de hoy tengamos mucho más cuidado con estas cosas. Pero quienes salen en televisión vienen, sin duda alguna, de las escuelas de ayer.

Crucemos esto con otro hecho: a las mujeres les cuesta tener una cultura política activa en los términos masculinos (participación, representación, portavocía) y suelen tenerla en otros términos relacionados con el segundo plano, el trabajo de guerrilla, los cuidados y la logística. Grosso modo, claro. Las excepciones, que existen, suelen responder a algunos modelos: o bien nos encontramos con señoras que son exactamente igual que señores en su praxis pública –que se vuelven como señores para poder tener una praxis pública– o bien, en estos días, aparece un nuevo tipo de representante política que no se enmascara en la masculinidad hegemónica y que intenta no caer en trampas de falsa cortesía, además de no esconder que oh, diosas, tiene dos tetas, qué barbaridad. Entre Inés Arrimadas y Ada Colau pueden oscilar ambos extremos.

Sucede que la tele tiene sus querencias. Imagino las asesorías de los partidos políticos intentando decidir cuánto de largo un vestido, qué imagen ofrece en términos sexuales, cuánto de profesional y seria y buena gestora puede parecer una mujer. Luego, en el peor de los términos, se le corta la cabeza en un reportaje fotográfico y se equilibran entonces los significados, como fue el caso de la representante catalana de Ciudadanos tras obtener un resultado histórico de su formación y siendo la única candidata a presidenta de aquellas elecciones. Así que el despliegue protocolario, la danza y el encaje de bolillos de la televisión tiene en cuenta roles y actitudes de manera si no nueva, sí televisada. Para todos los públicos.

Este público que aquí escribe sintió un escalofrío recorrerle la cerviz al ver a Lastra invocar su condición de única mujer en el debate. Intento explicaros por qué: porque es cierto que era la única y eso, en sí, ya es un síntoma (pienso por ejemplo en el programa especial de La Sexta en noche electoral catalana: ese campo de nabos de la prensa patria, presentador incluido). Es cierto también que la presentadora era Ana Pastor, a quien le debe escocer el Anita de cierto galán latinoamericano con pocas formas de presidente y muchas de estereotipo, que pronto saltó y restó importancia a la protesta de Lastra. Lo hizo porque para ser la única reconocida entre ellos, quizá, tengas que no decir muy alto que es ella. Es cierto que Errejón interrumpe a todo el mundo, también. No por ello deja de tener peso el privilegio coyuntural de su varonía.

Es cierto también lo que ya he enumerado de dificultades para la política en términos masculinos, de la socialización diferenciada por género desde la infancia, de la costumbre interiorizada de oponer al hombre sabio y la charlatana. Pero, oh diosas, de nuevo, Adriana Lastra no es como tú ni como yo. No dice nada que no venga del aparato de un partido y aquí sí invoco y creo que defino la vieja política. No dice nada, en realidad, que no tenga medidas sus palabras. Dejando de lado la simplificación de las redes que diluía todo el contenido de protesta legítima ante esa puñetera manía de no dejarnos hablar de ciertos varones, o de hacerlo con condescendencia o esperando a que terminemos para hablar de sus cosas, lo cierto es que la forma se me quedó clavada en la garganta como ansiedad seca.

Quiero ver a una representante política que rompa los gritos que silencio en mi televisión, que desactive el discurso del machito, que con toda la calma entone, tal vez, un poco de ironía, de certero dardo, de realidad otra sin caer en los juegos conocidos. Quiero ver a una representante política que, sin tener que negar su condición de mujer para hacerse hueco, no la entone o exprese buscando fáciles lealtades, malditas cortesías, el riesgo que enfanga de la victimización. No quiero entrar antes en el ascensor, ser invitada a copas, gozar de un silencio displicente para que diga mis cosas antes del debate de calado. No quiero nada de esto en mi salón, en la pantalla. O sí, pero en Mad Men.

* publicado en el número dos de FRIDA, #diariodeunapropagandista